Gracias a ella…

El Ironman no solo lo corro yo. Lo corremos los dos. Cuando decidí rellenar aquel formulario de inscripción no solo me obligaba unilateralmente a mi a iniciar un proceso de sacrificio y esfuerzo. Yo también le obligué a ella. Me apunté con la ilusión de conseguir un reto, un hito en la vida, subir un escalafón más aún sabiendo que no será el último, y ella también lo sabe. 

Como a casi todos nos pasa en un debut así, también me movió algo de vanidad de sentir que a los ojos de muchos mortales estoy haciendo una cosa imposible aunque sepa que la única diferencia entre ellos y yo únicamente sea eso: sacrificio, esfuerzo y sobretodo ilusión y superación.

Cuando el sudor resbala por mi cara, me humedece los labios, las piernas me queman y el corazón va al límite…mi mente no está ahí, ni tan siquiera me planteo lo beneficioso del entreno para mis planes. Pienso en como poder agradecer que esa persona se sacrifique junto a mi y que me obsequie con una cantidad incomprensible de tiempo únicamente para castigar mi cuerpo.

Junto a mi también está entrenando para el Ironman, aunque no sude, aunque no madrugue ni se quede dormida antes de una competición, aunque no se magulle, aunque no tenga agujetas, ni pájaras, ni se deshidrate, ni se le atasque la cala en un stop y esté a punto de caer, ni tenga que esprintar para pillar una rueda ni tampoco las tenga que cambiar, ni trace una curva recta en bicicleta. Ni se mareé al salir de un mar removido, ni le piquen medusas, ni tenga marcas del sol en el cuerpo, ni desee con toda su alma llegar al siguiente avituallamiento o fuente en el camino, no se pierda ni tome desvios equivocados. No se gaste dinero en inscripciones, viajes, hoteles, ni pierda el tiempo contando sus aventuritas en un blog y pase horas leyendo el de otras personas o buscando fotos de sus propias competiciones en Internet. Tampoco se mancha de barro, ni llena decenas de lavadoras únicamente con ropa deportiva, tampoco se olvida nunca el euro de la taquilla del gimnasio y no pide prestado jabón en el vestuario. No come barritas, ni geles, ni pasta el día previo a una competición. Ella no tiene que volver temprano de cenar con los amigos para poder madrugar al día siguiente, no malgasta sus puentes en hacer kilómetros corriendo, nadando o en bici. No pasa frio en la carretera y si tiene mocos se suena como las personas, y hace sus necesidades también dónde las personas, y puede ver la tele hasta tarde los fines de semana. No tiene que preocuparse de ir al fisio, ni de ese dolor molesto en la rodilla o en el tobillo debido a una torcedura y solo se pone hielo en las bebidas. No se preocupa por la suela desgastada de la zapatilla. No mira perfiles, desniveles, no hace cálculos de ritmos ni velocidades, ni se lamenta de no tener batería en el reloj gps. No mira estadísticas ni se compara con otros corredores de su nivel, tampoco hay preocupación por su puesto en una clasificación. No se fija en pulsaciones ni le aburre estirar después de una sesión, no se decepciona si le sale una mala carrera o si el ritmo no era el previsto, no tiene flato, no come ni bebe en marcha; no tiene un presupuesto para renovar material desgastado o adquirir nuevo. Ella nunca tiene ese dilema moral de quedarse en la cama en lugar de ir a entrenar porque luego su conciencia va a seguir igual de tranquila. Aunque fuera esté lloviendo, nunca le chorrea la lluvia por la cara, no chapotea en charcos ni saca las zapatillas a secar al balcón. No usa plantillas ni cremas o pastillas antiinflamatorias para seguir haciendo ejercicio aunque le duela algo. No hace nada de eso… 

Pero ella está ahí, sacrificándose conmigo, porque ella sabe que soy feliz haciendo esto y que pese a todo, cuando emocionado, si todo esto ha servido de algo, cruce la línea de Finisher, no sabré en que estado estará mi cuerpo y mi mente, pero aún seré más feliz cuando empiece a ser consciente y digerir que todo esto lo he conseguido a su lado.

2 comentarios en «Gracias a ella…»

  • el 4 julio, 2011 a las 18:34
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    … Y lo sufre. Lo sufre incluso mas que nosotros. No saber donde estamos, como estamos, que tal estamos.
    Y se alegran y se llenan de orgullo cuando nos ven llegar, pletóricos o derrotados.
    Ellas son el motivo que nos empuja. Sin ellas yo no podría hacerlo, al menos de igual forma.
    Ella siempre me recibe con un abrazo y una sonrisa sincera y nunca le importa en que puesto llegué. Solo que lo hice.
    O al menos, que lo intenté.

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